sábado, marzo 05, 2005

Noche de Zombies

A la medianoche, los muertos se levantaron de sus tumbas y, atraídos como polillas nocturnas por la luz de unos potentes focos, se echaron a andar hacia la zona iluminada del camposanto, con sus brazos extendidos y rodillas tiesas como los sonámbulos de las películas.

-Ya están listos los zombies-, anunció el asistente de dirección, a modo de recibimiento.

Los zombies, desconcertados, se miraron entre sí. No era el tipo de reacción que alguien acabado de regresar del más allá, espera del primer ser vivo con el que se topa.

Lo sabían porque antes de morir todos habían visto, alguna vez, La noche de los muertos vivientes.

-¿Listos para rodar?-, preguntó el director, a la vez que examinaba el aspecto de los zombies. No era tan bueno el efecto, la verdad.

Pero tampoco era hora de andarse con exquisiteces.

Total, aquella era una película de zombies, no el jodido Ciudadano Kane.

-Listos-, respondió el asistente.

Los muertos vivientes gruñían, impacientes.

-Vamos, que estos ya están metidos en el personaje-, señaló el director a los zombies y apuró al equipo.

-Estos zombies huelen a caca-, dijo el sonidista que, como todo sonidista, tenía buen olfato.

El director explicó la escena que rodarían a continuación.

Aunque para ser honestos, no había mucho que explicar, según dijo: la protagonista, una rubia de las que paran el tráfico, toda tetas, nada sesos ella, corría en ropa interior. Los zombies la atrapaban y se la comían.

Eso era todo.

En fin, que ahí nadie tenía la esperanza ir a Cannes con semejante esperpento de película.

El camarógrafo echó a andar la cámara.

-¡Acción!-, rugió el director.

Los muertos se lanzaron sobre la rubia y desgarraron sus escasas, diminutas ropas.

¡Vaya par de tetas! Pensó la productora, a quien le gustaban las chicas desde el bachillerato.

La rubia aullaba de dolor con cada dentellada que recibía.

¿Cuándo aprendería ésta a actuar? Se preguntó el director, sorprendido por los convincentes gritos de la actriz.

-¡Corten!-, se le oyó decir a continuación, una vez que la mujer quedó reducida a un amorfo guiñapo sanguinolento en el suelo.

Los miembros del equipo aplaudieron con entusiasmo el realismo de la escena y los zombies se relamieron de gusto, ahítos.

Justo entonces llegó la maquilladora con los figurantes, recién maquillados como muertos vivientes.

-¡Ya están listos los zombies!-, anunció.

La perplejidad sustituyó a los aplausos y el pánico a la perplejidad.

Tarde se percataban de que estaban rodeados por muertos vivos, muy muertos y muy vivos.

-¡Quién coño está tratando de quitarme el trabajo!- añadió, confusa y ofendida, la maquilladora al ver a los otros zombies.

Pero a nadie le alcanzó la vida para aclarar el malentendido.

©carlos caridad montero, 1998.

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domingo, febrero 13, 2005

Western Spaghetti: una incursión en la obesidad (1)

(Mención de Honor en el 53er. Concurso
de Cuentos del Diario “El Nacional”, 1998)

I
Tal y como estaban las cosas, no me hubiese importado sorprender a mi mujer con otro hombre en la cama. Palabra. Todo lo contrario. Habría sido la solución ideal. La excusa perfecta para dejarla.

Yo no sabía por qué seguía con ella. Ni tampoco cómo abandonarla. Pero cuando descubrí cuánto detestaba mi mujer la obesidad, tomé la firme decisión de ponerme gordo. Asquerosa, inhumanamente gordo.

Hasta ese día, yo había sido sólo un gris ejecutivo empleado en una emisora de televisión. Mi vida y mi abdomen eran tan planos como el pecho de una nadadora.

Luego, todo cambió. De haber sido esto una teleserie habría podido decir, a manera de presentación, que gracias a ese viaje existencial que fue mi incursión en la obesidad viví las más emocionantes aventuras.

Gracias a mi gordura recorrí el mundo entero, aparecí en las portadas de afamadas revistas, desfilé para los más exitosos diseñadores de modas junto a los más célebres maniquíes, gané dinero a manos llenas, fui entrevistado en los programas de TV de mayor audiencia, conquisté las mujeres más bellas del universo, adquirí sabiduría, supe los chismes del poder y casi protagonizo una película en Hollywood.

Mas, también la gordura me hizo conocer el infierno, vivir al borde de la muerte en los torneos estomacales clandestinos, probar el amargo sabor de la traición de un amigo y jugarme la vida en un duelo.

Lea la 2da parte de Western Spaghetti.

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Western Spaghetti (2)

II
Al cabo de dos años de matrimonio, Virginia aún aseguraba amarme con ardor. Lo decía así. Como en las telenovelas. Era la compañera perfecta. Comprensiva. Fiel. Abnegada. Se desvivía por atenderme. Me complacía en todo. Y siempre estaba de buen humor. En resumidas cuentas, era insoportable. Ni el más devoto de los cristianos la hubiera aguantado. Habría suplicado que lo echaran a los leones. Que lo crucificaran. Algo por el estilo. No existía ni una puta razón por la que no amar a aquella adorable y canturreante criatura con la que me había casado. Por eso la detestaba con todas las fuerzas de mi alma.

Yo tenía motivos para no tomar la iniciativa. Nunca me gustó causarle daño a nadie. Acaso, las razones que me ataban a ella, eran las mismas por las que había contraído nupcias. Deber. Gratitud. Cobardía. O lástima. Porque también estaba el asunto de su madre. Creo que eso fue lo que nos jodió el matrimonio definitivamente. Quiero decir, antes no nos iba ni tan mal. Hasta que el vejestorio se volvió vegetal como consecuencia de una trombosis.

La mantuvieron con vida enchufada a todos esos aparatos. Con tantos tubos, mangueras y máscaras a su alrededor, la pobre señora parecía un astronauta. Un astronauta en las últimas. Virginia y yo juzgamos que lo más conveniente era desconectarla, para que se muriera en paz. Pero ni así. Nunca vi suegra tan tenaz. Siguió viviendo. Imagino que a fuerza de fotosíntesis.

En tales circunstancias, no parecía apropiado pedir el divorcio. Consideré que mejor era esperar que la legumbre terminara de secarse. No obstante, su muerte al cabo de seis meses, lejos de arreglar las cosas, las complicó. A Virginia, el asunto le quemó unas cuantas neuronas. Aunque no se hizo macrobiótica, creo yo que por respeto a la memoria de su vieja vegetal, le dio por la ecología.

Empezó con la cuestión de salvar a las selvas y todo lo demás. Después pasó al tema de los delfines y la pesca del atún y las redes y tal. Ahí sí que ya no hubo quién la aguantara. Yo estaba hasta aquí con lo de la inteligencia de los delfines. Bueno, sí, los bichos no son tan brutos y hasta caen bien. Tienen su gracia. Como Flipper. En eso estamos de acuerdo. Pero no es para tanto. Hasta el sol de hoy ninguno ha escrito un best-seller, que yo sepa.

III

Una noche, hacía estas reflexiones acostado en la cama, a su lado. Al lado de mi mujer, no de Flipper, quiero decir. Veía la lucha libre, sin verla realmente. Me aburren estos programas. Casi tanto como el sexo con Virginia. Es más, un par de asaltos de lucha con ella habrían sido más divertidos que el mejor de sus polvos. Y eso, a pesar de que ella era algo así como una Mike Tyson del coito.

En esas andaba yo cuando subió al cuadrilátero el hombre con quien un año después, habría de enfrentarme en un duelo a muerte: Yamamoto.

«Impresionante, ¿no? Debe pesar más de doscientos kilos» comentó Virginia. No dije nada. Así eran nuestras conversaciones. El festival del monólogo femenino. «Siempre que lo veo me pregunto cómo será estar casada con un gordo. ¿Tendrá mujer?»

«Seguramente» agregué con fastidio y fingí un prolongado bostezo antes de continuar. También así eran nuestras conversaciones. El festival del bostezo masculino. «En Japón esos tipos son estrellas. Como Luis Aparicio aquí. Les deben sobrar hembras».
«Jamás me casaría con un hombre así».

«Si yo me pusiera como ese tipo, digo, tan gordo... ¿Seguirías casada conmigo?»

Ella replicó, tajante: «te dejaría en el acto». Y acto seguido busqué entre las sábanas el control remoto. Apagué el televisor. Ya sabía qué hacer. Si no había podido abandonarla por flaqueza de carácter, ahora me iba a divorciar por gordura de cuerpo. Palabra.

No se pierda la 3era parte de Western Spaghetti.


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Western Spaghetti (3)

IV
A la mañana siguiente, tomé por los cuernos el gordo toro de la obesidad. Comencé a comer. Con ahínco. Allá iba yo, de cara a la libertad.

Un mes después, sin embargo, mi entusiasmo inicial se disipó abruptamente. Sólo conseguí aumentar poco menos de quinientos gramos. Virginia ni siquiera lo notó, a pesar de lo mucho que le llamé la atención al respecto.

«No te parece que estoy más gordo» le preguntaba insistentemente.

«No, para nada» era siempre su respuesta.

Estuve el resto de la semana deprimido, inapetente. ¿Qué clase de hombre era yo, incapaz de engordar ni un mísero kilo en un mes? Un fracasado. La verdad, nadie me había dicho que sería fácil. Pero jamás imaginé que fuese tan difícil. No sabía que, para algunos, aumentar de peso era tan problemático, como perderlo para otros. A ese ritmo, requeriría de casi cuatro años alcanzar la meta que me había fijado. Ciento cincuenta kilos. Parecía utópico. Conforme pasaban los días, crecía mi desesperación. Seguía sin subir un gramo. Entonces acudí a Yamamoto en busca de ayuda. Al fin y al cabo, su voluminosa figura había inspirado mi plan.
V
Me recibió en la piscina de su lujosa mansión una soleada mañana de domingo. Echado de espaldas sobre tres flotadores de aire, su colosal, pálida humanidad parecía irradiar luz propia. Era como una descomunal, rutilante y lampiña morsa albina. Estaba desnudo. Pero habría dado lo mismo que estuviese vestido. No necesitaba traje de baño. El vientre le colgaba hasta la mitad de los muslos, ocultando pudorosamente sus genitales. Su piel era su vestimenta. Caballeroso, se cuidó de darme la espalda durante nuestra reunión.

Fui directo al grano. Le expliqué el motivo de mi visita. No se sorprendió. Dijo por qué. Una vez retirado del sumo, ese incompresible deporte nipón donde dos gordos en pañales y con sus nalgas a la vista, se caen a barrigazos como congresistas en medio de un debate acalorado; Yamamoto se había dedicado a la lucha libre, pero su principal fuente de ingresos era el negocio del engorde. De manera que yo no era su primer ni único cliente.

«Todo lo contrario» explicó con una sonrisa. «Le asombraría a usted saber la cantidad de flacos que acuden a mí». Por ejemplo, aseguró ganar una fortuna sólo engordando adolescentes anoréxicas. «Hay más de una gorda que me debe la vida» se jactó orgulloso y señaló su tatuaje en el pecho. Nacido para comer. «Engordar es un talento con el que nací. Innato, como se dice».

A continuación, me informó sobre sus tarifas. La verdad, no eran excesivas. Sobre todo, si se tomaba en cuenta lo complicado de su trabajo. No debe ser una tarea fácil hacer comer a quien no quiere.
VI
Al cabo de dos semanas de tratamiento, el progreso era apreciable. Lo noté cuando me puse la camiseta de Rage against the Machine; esa que tiene, estampado al frente, el rostro del Che Guevara. Al mirarme al espejo advertí que mi incipiente barriga deformaba tanto la cara del Che que, de no haber sido por la boina y la barba, cualquiera lo habría confundido con Mao Tse-Tung.

Virginia se secaba el cabello en el baño. Miraba mi reflejo en el espejo, a través del reflejo del espejo en el que se miraba. Estaba desnuda y el agua se le escurría por el canal de su espalda. Su cuerpo aún podía excitarme. Musculoso, elástico, desafiante. Era casi apetecible. «¿Estás más gordo o son ideas mías?»

«Vamos a tener que hacer dieta ¿no?» respondí, como para no levantar sospechas prematuras.
«Sí, no me gusta la gente que piensa que el matrimonio es una licencia para engordar».

Licencia para engordar. Sonaba bien como título para una película del 007, protagonizada por Oliver Hardy. Permanecí un rato frente al espejo, pensando en lo que acaba de decirme. Por fin descubría por qué ciertas parejas de novios, atractivos y de buena figura ambos, se convertían en amorfas amebas celulíticas no bien le daban la espalda al altar.

Yo siempre había creído que la obesidad postmatrimonial respondía a un asunto de fidelidad. Después de casados, ya no hay necesidad de cuidar la línea para atraer a otros. Además suponía que las parejas permanecen unidas por cosas que van más allá de la mera atracción física.

Mas ahora, puedo decir con certeza: muéstrenme un matrimonio de gordos y les enseñaré una pareja sin amor. Una relación hipócrita y cobarde, en la que ambos se odian o no se aman, pero carecen del valor necesario para aceptarlo. El torneo de la decadencia física. Pierde aquel que dé el primer paso hacia el divorcio.

Tal vez las únicas excepciones sean los cónyuges obesos que ya lo eran antes de contraer nupcias. Obesos, no cónyuges, quiero decir. Sin embargo, esos son casos más bien inusitados. Por alguna misteriosa razón, los gordos no suelen casarse con gordas. Y viceversa.

Era extraño. Antes de subir de peso, jamás había especulado sobre cuestiones de este tipo. Estaba en lo cierto Yamamoto cuando afirmaba que la obesidad es un instrumento para acceder a un nivel intelectual superior, a un plano espiritual más elevado. La gordura entendida como alucinógeno, como una vía de expasión de la conciencia y el abdomen.
Esa fue una de las primeras lecciones de Mi Maestro. También me enseñó que comer en exceso, no era el camino más corto entre la recta de la delgadez y el círculo de la obesidad.

«No sólo de comida engorda el Hombre. No es una cuestión de apetito, sino de constancia. Uno debe aprender a comer. Qué, cómo y cuándo hacerlo, porque el camino de la obesidad está empedrado de buenas comidas».

Pero, fundamentalmente, el secreto para aumentar de peso residía en saber desbalancear el equilibrio que existe entre lo que entra por un extremo del aparato digestivo, y lo que sale por el otro. «La cantidad de lo que se expulsa nunca debe ser mayor a la cantidad de lo que se introduce». Visto ahora, en frío, puede parecer obvio. Pero así son las profundas verdades de los grandes maestros. De una sencillez pasmosa.

«¿Qué tal luzco?» Virginia, parada en la puerta, estaba tan hermosa que, por un momento, casi me arrepentí de lo que le estaba haciendo. Se lo dije. Que se veía bella, no lo que le estaba haciendo. «¿Vamos?»

«No». Yo estaba horrible con aquella camiseta de Mao Che-Tung. «Déjame ponerme algo más digno».

Lea la 4ta parte de Western Spaghetti.


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Western Spaghetti (4)

VII
La había invitado a cenar con nosotros esa noche para presentársela a Yamamoto. En un principio yo me negué rotundamente. Mas, fue tanta la insistencia de Mi Bienhechor que, con la condición de que el asunto del tratamiento no fuese mencionado en la velada, terminé por acceder. Error. De haber sido más firme en mi negativa, tal vez los acontecimientos posteriores no habrían tomado el giro dramático que concluiría con nuestro duelo.

Fuimos al Sushi Palace y, contrariamente a lo que esperaba, Virginia simpatizó enseguida con Mi Tutor. «¿Cuál es la forma más rápida de engrasar un carro», bromeó Yamamoto-san con ella. «¡Arrollar una gorda!». Típica flema nipona. Realmente estuvo encantador.

«El gran problema de la sociedad contemporánea es que se practica la gula con fines hedonísticos» afirmó, profundo y reverente, mientras atacaba con los palillos su Ajitsuke Idako. «A diferencia de las sociedades primitivas, donde comer es una forma de comunión con la naturaleza. Un rito» agregó mientras deglutía.

Yo había pedido, de entrada, salmón ahumado con soya y wasabi. Sake Kunsei, según el menú. Gusto mucho del wasabi, de ese fuerte picor que se sube a la nariz y casi te arranca lágrimas. Soy aficionado a las emociones fuertes.

«La obesidad puede ser un arma mortífera en manos de irresponsables o no iniciados. Representa una verdadera amenaza para el Sistema». Virginia estaba embelesada con la improvisada conferencia de Mi Guía Espiritual (¿o sería más apropiado decir, Guía Carnal?). Apenas había probado su ensalada de alga verde. Era aterrador. ¿No habíamos quedado en que ella aborrecía la obesidad? Me preocupaba que hubiese cambiado de opinión. O que lo hiciese después de esa noche. Lucía como una Luke Skywalker con tetas, obnubilada ante las enseñanzas de Yoda. Aunque, había que admitirlo, este Yedi sentado en nuestra mesa, se parecía más bien a Yabba.

«De allí, por ejemplo, que la iglesia católica incluya la gula entre sus siete pecados capitales y que, en otras religiones, exista prohibiciones o indicaciones expresas sobre qué, cómo y cuándo ingerir ciertos alimentos. La carne de vaca para los hindúes, la de cerdo para los musulmanes y judíos, la comida kosher».

Yamamoto añadió que, asimismo, los actuales patrones de belleza y salud estaban asociados a la delgadez por cuestiones económicas. «Salvo, quizá, los cuadros de Botero, la delgadez vende. La obesidad, no». Por ende, en nuestra economía, basada en el libre mercado y cuyo objetivo ulterior era la obtención de beneficios, la obesidad podía ser sinónimo de marginalidad o subversión. «Somos peligrosos, tanto como lo fueron los primeros cristianos para la Roma Imperial».

No obstante, poco menos de un año después, cuando sobrepasé los doscientos kilos y, ya dedicado al modelaje, me hice célebre en las pasarelas del mundo; supe que lejos de ser una amenaza, los obesos constituimos la columna medular del mercado. Y esto, sencillamente, porque consumimos más que los flacos. Se equivocaba Yamamoto en este punto.

Esa noche también nos explicó que la obesidad era la continuación de la política por otros medios. Al igual que el Materialismo Dialéctico marxista, consistía en un grasiento sistema ideológico orientado a develar la esencia última de la realidad. La fisiología elevada a filosofía. «Una defensa contra la alienación y la represión a la que esta mecanizada sociedad tecnológica ha sometido al Hombre Gordo contemporáneo».

Y no sólo creía que la glotonería era un método filosófico; sino que además, la consideraba una de las bellas artes. Un arte de masas adiposas. ¿Acaso no se hablaba del arte de la gastronomía, de la buena mesa? Pues entonces, ¿por qué no hablar del arte del comer? «Pero no me refiero a los gourmets, esos simples críticos de la buena y mala cocina». No. Aludía a los artistas que veían en el acto fisiológico de la alimentación, un medio de expresión individual, una manifestación creativa y hasta subversiva: los sibaritas.

Argumentó que en la obesidad, como en otras artes, existían corrientes muy diversas. Había sibaritas elitistas, encerrados en su panza de marfil, y populares; de vanguardia y sibaritas-leninistas, comprometidos. Él se consideraba un sibarita postmoderno, ecléctico.

El tipo era, no cabía la menor duda, todo un gurú de la gula.

VIII
Nueve meses antes de nuestro duelo, fui a presenciar con Mi Orientador un torneo estomacal clandestino. Desde la cena en el Sushi Palace, mi abdomen evolucionaba satisfactoriamente. En tres meses había aumentado quince kilos, seiscientos gramos. Obligado a comprar ropa nueva, tuve que ir a La Cintura Universal, una boutique especializada en gente gruesa.

A pesar de mi redondez, Virginia no protestaba. Trataba de fingir que nada había cambiado entre nosotros. «¿Dejarías de quererme si algún día engordase tanto como Yamamoto?» solía preguntarle, disimuladamente, en el tono de los enamorados inseguros. Como uno de esos necios que obligan a su pareja a decirles todo el tiempo cuánto los aman.

«Claro que no» respondía ella, con una de sus falsas sonrisas cautivadoras. Su versión de la sonrisa Sandra Bullock. «Nunca dejaré de amarte. Así te pongas más gordo que él».
¿Ah, no? Eso estaba por verse.

Paralelamente a mi metamorfosis física, también experimentaba profundos cambios intelectuales y de personalidad. La timidez e inseguridad que siempre me habían caracterizado, se diluían en una relación inversamente proporcional a mi aumento de peso. Por otra parte, percibí un incremento del apetito erótico. Me volví más potente, creo yo. Podía hacerlo dos y hasta tres veces sin sacarlo, como en los mejores días de mi adolescencia.

Al poseer a Virginia, mi corpulencia la aplastaba contra la cama, la hundía en el colchón, la asfixiaba. Me hacía sentir poderoso. Como un brutal toro de Botero cogiendo con una estilizada doncella de Giacometti.

En el transcurso de nuestros demenciales apareamientos, podía darme cuenta de su repulsa hacia el mazacotudo paquidermo que la penetraba, su creciente rechazo hacia mis rollos de grasa. Clavaba sus uñas en mi espalda. Asqueada, me mordía para liberarse. No bien alcanzábamos el orgasmo, corría a meterse bajo la ducha, como esas santurronas que pretenden lavarse con agua y jabón, las manchas pecaminosas que deja el coito.

Mi plan iba bien encaminado, aunque era temprano para cantar victoria. ¿Y si, después de todo, su amor por mí pesaba más que todos mis kilos de sobrepeso? Era como para tenerlo en cuenta.

Fue precisamente una noche en la que acabábamos de copular, cuando Yamamoto-san llamó para invitarme al torneo estomacal.

El evento tenía lugar en lo que parecía ser un lujoso restaurante francés. Fuera, el estacionamiento estaba lleno de automóviles costosos. Mercedez Benz, BMW, Porshes y una que otra Harley Davison. El de Mi Preceptor no era menos caro. Un Cadillac Eldorado 67, convertible, rojo. De colección.

El portero nos recibió con una reverencia y nos condujo hasta el lugar del encuentro. Atravesamos el salón y la cocina. Cruzamos el almacén y nos introdujimos en el congelador. Franqueamos una puerta invisible y penetramos en un recinto circular, una especie de anfiteatro, en penumbras.

El aire, enrarecido y espeso, estaba viciado por una repugnante mezcla de aromas. Sudor, tabaco, comida, perfume, eructos, pedos, vómitos. Irrespirable. Los espectadores vestían como si de la ópera se tratara. Las mujeres lucían largos vestidos de noche y joyas. Los hombres, trajes bien cortados, de sobrios tonos. Pero esta apariencia elegante y refinada entraba en flagrante contradicción con su comportamiento. Gritaban como hinchas en el partido decisivo de un campeonato de futbol. Un alboroto similar al de las peleas de gallos.

Dirigí la vista hacia la arena. Allá abajo, iluminados por potentes reflectores, sentados frente a frente en una mesa, dos obesos desnudos devoraban, ávidos, sendos puercos enteros asados. Yamamoto-san comenzó a cruzar apuestas con los vecinos. Un cuarto de hora más tarde, me sorprendí a mí mismo aupando desgañitado a uno de los Tragadores, como se hacían llamar estos gladiadores de la mesa.

Llegado el momento, el tragador al que le había apostado, se derrumbó en el suelo, presa de espasmos epilépticos. Un chorro de vómito pastoso y espuma sanguinolenta emergió de su boca. Parecía una ballena expulsando el aire en la superficie. Allí quedó tendido, sin que nadie le prestase la menor atención, mientras un presentador aclamaba al ganador. Luego, dos hombres le pusieron un arnés y, enganchado a un carrito eléctrico, fue arrastrado como un toro de lidia después de la faena. Muerto.

Camino de regreso, cuando ya amanecía, Yamamoto-san¬¬ confesó por qué me había llevado a presenciar aquel alucinante espectáculo, de cuya existencia yo jamás había tenido noticia. Quería entrenarme para convertirme en un tragador. «Podemos hacernos ricos de la noche a la mañana. Tienes madera. Nunca tuve un discípulo tan aventajado. Piénsalo».

No era necesario. Le contesté enseguida. Acepté.

Lea la 5ta parte de Western Spaghetti.


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Western Spaghetti (5)

IX
Ocho semanas después de esa noche, siete meses antes del duelo, ya había participado en doce combates. Los gané todos. De lo contrario, no hubiese podido contarlo. En el circuito clandestino de Torneos Estomacales, la muerte es la única manera de dirimir las confrontaciones.

Los Juegos Abdominales, como también se les conocen, son el equivalente gástrico, que no gastronómico, de esas películas ilegales de violaciones y asesinatos verídicos. Un circo romano al revés, donde se muere devorando y no a fuerza de ser devorado. Podría decirse que son a la gula, lo que la pornografía a la lujuria. Un tragador es de alguna manera un actor porno. Un tipo al que se le paga por hacer en público, lo que los espectadores ni siquiera se atreven a hacer en privado.

En esos días, la relación con Mi Benefactor desbordó los límites de lo estrictamente profesional. Antes, había sido respetuosa, distante, ceremoniosa. Casi como la del Pequeño Saltamontes y su maestro, en Kung Fu. Entonces, no vislumbramos lo mal que acabaría todo: con el discípulo Kwai Chang Caine enfrentándose a Master Kan.

Yo hasta solía usar el san y el sensei al dirigirle la palabra. Aunque sin la menor idea de si era correcto. Al fin y al cabo, la fuente de mis conocimientos sobre cultura oriental partía de El Pequeño Samurai a Monstruos del Espacio, pasando por La Señorita Cometa.

Me confió detalles de su vida que pocos conocían. No siempre había sido un sabio. Paradójicamente, su iluminación mística era consecuencia de un accidente científico. Años atrás, después de dejar el Sumo, se había sometido a una terapia conductista de adelgazamiento. «Yo era un ignorante entonces. No conocía el poder de la gordura».
El tratamiento consistía en la aplicación de choques eléctricos de intensidad creciente mientras se obligaba al paciente, debidamente inmovilizado, a ver una película en la que aparecían suculentos manjares. Todo, con Beethoven como fondo musical.

«Sucedió que, afuera, se desató una tormenta eléctrica. Un relámpago cayó sobre la clínica. Hubo un cortocircuito en los equipos. Y recibí una descarga tres veces superior a la usada para freír a los condenados a la silla eléctrica. Quedé como un churrasco término medio. Calcinado por fuera y sanguinolento por dentro. Pero resucité convertido en un hombre nuevo».

A continuación, se dedicó a recorrer el mundo. «Conocí todas las culturas donde ser gordo es motivo de orgullo, símbolo de poder, prosperidad, salud y belleza. Viví en las Islas Fidji, en el sur del Pacífico; entre los yorubas nigerianos; con los esquimales, en el polo norte». Finalmente, su viaje iniciático culminó en la India bajo la tutela del gurú de la obesidad, Indranil Singh. «Fue él quien me guió a La Luz».

X
Yo había renunciado a mi puesto en la gerencia de programación de CableTVK, para dedicarme por completo al campeonato. Paulatinamente, escalaba el ranking del Torneo Estomacal y empujaba la aguja de la báscula más allá de sus límites.

Mientras, Virginia se hundía en el foso de la depresión.

El sufrimiento la consumía lentamente. Una pena que yo atribuía a la gordura, y que a ella parecía brotarle de un lugar recóndito del alma. Las pocas muestras de dolor que dejaba translucir su ahora inexpresivo rostro, eran las de una persona condenada a silenciar sus deseos. El deseo de dejarme, pensaba yo. Tiempo después sabría que estaba equivocado. No, no era mi obesidad la causa de su pesadumbre.

Extrañamente, adelgazaba en la misma medida en la que yo engordaba. Casi como si me la estuviese comiendo pedazo a pedazo. Antropofagia por ósmosis, o algo así. Su apariencia física, en franco deterioro, recordaba a la de un un vampiro famélico, una Kate Moss marchita, una Twiggy agonizante. Podía haber sido la imagen de una campaña publicitaria de concientización sobre el problema de la anorexia femenina. Lo poco que me unía a ella había desaparecido para siempre. Eso creía yo.

Los continuos viajes a los que me obligaban las competencias profundizaron nuestro distanciamiento. Yamamoto-san y yo recorríamos incesantemente el país de un extremo a otro. Partíamos raudos, rumbo a la aventura, cada semana, en su convertible rojo con la capota baja, nuestros cabellos ondeando, libres, al viento. Con Walk on the wild side de Lou Reed a todo volumen en la radio; imaginaba que debíamos lucir como una suerte de Dennis Hooper y Peter Fonda glotones. Easy Riders. Thelma y Louise, en masculino, en busca de la celulitis perdida.

Habíamos dejado de ser simples mortales para transformarnos en arquetipos universales.¡On The Road! Éramos la versión mantecosa de Sal Paradise y Dean Moriarty. ¡Eatniks en vez de beatniks! Gargantúa y Pantagruel en la carretera.

En nuestro último viaje, cuyo destino era Maracaibo, Yamamoto-san me enseñó el sitio donde dos meses después del breve paréntesis en el que yo conocería la fama y el infierno, habría de tener lugar nuestro duelo. Tombstone.

Era, claro está, la réplica del famoso pueblo en el que el Sheriff Wyatt Earp y sus hermanos, acompañados por el tísico pistolero y jugador empedernido, el opiómano Doc Halliday; se harían leyenda con el tiroteo del O.K. Corral. O, al menos, era la réplica del pueblo que siempre aparece en las películas sobre el célebre incidente. La réplica de una réplica. Un pueblo doblemente fantasma.

Ubicado en un paraje desértico de las afueras de Barquisimeto, antaño había sido una de las más visitadas atracciones turísticas del estado. Pero eso fue, precisamente, en sus mejores tiempos. Y ahora los tiempos eran otros.

Recorrimos, sobrecogidos, las polvorientas calles, deteniéndonos aquí y allá para husmear a través de las ventanas del falso saloon, de la jail, de la barber shop de mentira. Sólo el reloj de la vieja iglesia funcionaba aún. De repente, recordé un viejo western en el que Toshiro Mifune interpretaba a un samurai trasplantado por azar al lejano oeste norteamericano.

«Soleil Rouge. Red Sun». Asombrosamente, Yamamoto-san me había leído el pensamiento. «Toshiro Mifune, Charles Bronson, Ursula Andress y Alain Delon. La espada de oro del emperador y todo eso. Siempre quise ser ese pulcro samurai rodeado de piojosos y mugrientos cowboys». Y antes de que yo atinase a decir cualquier cosa, añadió: «Para todo el que la haya visto, es inevitable recordar esa película cuando se pasea por un pueblo del oeste en compañía de un japonés. Así que no tienes por qué sorprenderte».

Western Spaghetti continúa aquí.

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Western Spaghetti (6)

XI
Fue en Maracaibo, sede de la final del Torneo Estomacal, donde se inició mi auge y caída definitivos. Habíamos llegado la semana previa a la competencia para dedicarnos por completo a un riguroso entrenamiento. Mi oponente era un misterioso tragador maracucho apodado El Águila Negra. Asistía a los combates enmascarado, a la usanza de los luchadores mexicanos.

Era la primera vez que visitaba la ciudad y no pude menos que sorprenderme por la variedad de su cocina. Hasta entonces, creía yo que Venezuela se reducía a uno o dos platos y algún pasapalo. El pabellón, que más que un plato, es una combinación azarosa y estomagante; el prescindible e indigesto tequeño, la inefable e insípida arepa.

Para Mi Preceptor, la excelencia de la cocina maracucha era posible gracias a la preservación del legado de los esclavos africanos: el guiso de coco. «Chivo, costilla, pescado, conejo, iguana, mojito en coco. Cocadas, besitos, mafote, paledoña, arepa de coco. Sólo una región orgullosa de su pasado africano, podía conservar viva tan rica cocina» explicó en un kiosko a orillas del lago, frente a nuestro cuarto plato de mondongo («esta hija bastarda del sancocho criollo y los callos madrileños»), a las dos de la tarde y cuarenta grados a la sombra.

Según Yamamoto-san, gracias a la conjunción de su ardiente clima y sus comidas, ricas en grasas; no había mejor ciudad que Maracaibo para engordar. Cada mañana, en el desayuno, nos atragantábamos de pastelitos, empanadas y mandocas, además de varios tumbarranchos (arepa de maíz frita, rebozada con huevo y harina de trigo, rellena con todo lo imaginable: delicado y rechinante queso palmita o queso de año rayado, tocineta, jamón, mortadela, repollo, huevo frito).

En el almuerzo yo llegaba a zamparme, como mínimo, tres pescados rellenos, llamados Lisas, asados en hojas de plátano y acompañados de patacones, yuca y huevas a la plancha; más seis plátanos maduros horneados, atiborrados de queso blanco rayado, casi derretido. En ningún lugar del país había comido mejor, más sabroso. Fue un excelente entrenamiento que me permitió coronarme como el campeón nacional estomacal.

Después de la competencia y de mi victoria sobre El Águila Negra, se nos acercó un fotógrafo cazatalentos de la agencia de modelaje Ford de Nueva York. ¿Cómo se había enterado la existencia de los juegos? No lo supe nunca. Entre otras cosas, porque tampoco se lo pregunté. Lo cierto es que el tipo hacía un reportaje para una revista de amplia difusión internacional,Colesterol Aficionado, y quería que yo posase para la portada.

A dos meses del duelo con Yamamoto; de repente, el éxito tocaba mi panza.

XII
Al regresar de Maracaibo, Virginia manifestó su decisión de abandonarme. Esgrimió unas cuantas razones, pero obvió el tema de la obesidad. Aún pensaba yo que ese era el único y verdadero motivo. No hubo lágrimas ni escenas de histeria a mi despedida. Simplemente, a la mañana siguiente, partí.

Fue así como la disolución de nuestro matrimonio, coincidió con mi vertiginoso ascenso hacia la cúspide en el mundo de la moda internacional. Presa de una especie de Síndrome de Stendhal guloso, entre los desfiles y las sesiones de fotografía, deambulaba de comedero en comedero, de sol a sol, alrededor del mundo. París, Milán, Tokio, Ciudad de México, Nueva York, Bruselas, Londres, Berlín.

En apenas un mes, llegué a cotizarme tan alto como las más famosas Tops Models. Desfilé al lado de Claudia Schiffer, Naomi Campbell, Patricia Velázquez. Fui invitado al programa de Cristina, al de Jaime Bayly, a Sábado Gigante con Don Francisco. Salí hasta en CNN. Un productor de Hollywood me ofreció el papel de Ignatius Reilly, en la adaptación cinematográfica de la novela de Kennedy Toole, La Conjura de los Necios.

Este éxito fulminante era la muestra más evidente de cuán equivocado estaba Yamamoto-san con respecto al supuesto tabú de la obesidad. No sólo en culturas exóticas, en las que priva la carencia de alimentos, la gordura es símbolo de salud, prosperidad o belleza. En nuestra sociedad de la abundancia, sucedía lo mismo. En el transcurso de mi incursión en la obesidad, jamás fui perseguido ni discriminado. Todo lo contrario.

Descubrí que existía una relación equitativa entre el exceso de peso, el tamaño de la ambición y la belleza, razón del éxito de los gordos con las mujeres lindas (o con los hombres guapos, en el caso de las gordas y de los gordos con alma de gorda).

La ambición es la obesidad del alma, de la misma manera en la que la obesidad es la ambición de la carne. Dentro de cada gordo hay siempre un ambicioso. También podría decirse que la belleza es la ambición de la obesidad. O que la obesidad es la ambición de la belleza. Si las personas hermosas prefieren la gordura es porque son tan o más ambiciosas que los gordos. Saben que así como dentro de cada obeso hay un ambicioso; dentro de cada ambicioso, hay un ganador. Casi como esas regordetas muñecas rusas, las matriuskas. A los burgueses los pintan gordos, aunque sean flacos. A la gente bella no le gustan los perdedores, así sean delgados. La repulsión de Virginia hacia la gordura, sólo era indicio de su conformismo. De su falta de deseos de superación. La escuálida medida de su ambición.

Atraía, pues, a las mujeres como un rollizo planeta a un cuerpo celeste de masa menor. Orbitaban como satélites todo el tiempo, a mi derredor. Me sentía libre y hermoso. Posé semidesnudo para Play Fat Girl. En una entrevista con People, Madonna confesó cuan atractivo yo le parecía. Pesaba tanto como una ternera -yo, no Madonna-: doscientos kilos, ochenta y cinco gramos. Mi cara era redonda como un melón. Mis dedos parecían chorizos. Mi cuello desapareció debajo de la papada. Hacía meses que no había vuelto a ver mi pene. La panza me lo impedía. Pero yo sabía que estaba ahí, en el mismo lugar de siempre. Porque lo usaba a menudo. Y no sólo para evacuar.

No discriminaba entre una mujer y otra. Todas me gustaban. Y si no, tampoco importaba. Recuerdo con especial agrado a una mexicanita que parecía un perchero. Cuando subimos a la habitación, no sabía si acostarme con ella o usarla para colgar la ropa. Sólo me gustaban sus ojos. No era mucho, la verdad. Pero yo me había acostado con otras por menos que eso. Así que, igual, pasé la noche con el perchero. Otro día, en un hotel de Miami, participé en una orgía con tres modelos del catálogo de ropa interior femenina, Victoria´s Secret.

Deseado, símbolo sexual de una nueva era, eximio, acaudalado; yo no era el rey del mundo. Yo era el mundo. El más grande. Más grande que Muhammad Ali. El Ali de los triglicéridos. La pelota con la que no pudo Maradona. El Michael Jordan del colesterol. Era Invencible.

Y entonces me dio el infarto.

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Western Spaghetti (FIN)

XIII
No hay camino de regreso de la gordura, como tampoco lo hay de la traición.

Para un par de hombres verdaderos como nosotros, el duelo a muerte era la única forma de vengar una afrenta de aquella magnitud. Yo escogí las armas. Las mismas que nos habían unido, ahora nos separarían. Mi Iniciador eligió el lugar. Tombstone.

El viento arrastraba periódicos viejos. La luz del mediodía caía, cenital, abrasando el polvo de la ardiente y solitaria callejuela. La tensión que flotaba en el ambiente podía cortarse con un cuchillo. De haber sido éste un pueblo real, seguramente sus habitantes se habrían encerrado en sus casas. Atemorizados, atisbarían por las persianas entreabiertas para no perderse un sólo detalle del drama que se desarrollaba bajo el sol. El reloj de la vieja iglesia dio la primera de las doce campanadas. Nos miramos. Ya se acercaba el momento. La última campanada.

Y entonces nos sentamos a comer. A comer a muerte.

Una semana atrás, esto había sido inconcebible. Al despertar en el hospital, después del infarto, me sentí sobrecogido y triste, pero redimido y reconciliado conmigo mismo. La luz dorada del amanecer se colaba, diáfana, entre las cortinas. Minúsculas y flotantes, las partículas de polvo, casi imperceptibles, dibujaban la trayectoria de los rayos del sol naciente. La brisa matutina arrastraba la notas de un piano. Alguien, allá fuera, tocaba el Adagio de Albinoni.

Medité acerca del sentido de mi vida. Como esos adictos que comienzan drogándose para vivir nuevas experiencias y terminan viviendo para drogarse; engordar, más que un medio, se había vuelto un fin para mí. Una vez que se traspasa la última frontera, la corporal, ya no hay vuelta atrás. La obesidad es una fuerza que te catapulta siempre hacia adelante.

Llegué a la conclusión de que siempre me había menospreciado. Jamás confié, ni creí, en mis cualidades y virtudes. Había querido dejar a Virginia no porque no la amara, sino para conseguir algo mejor. Una mujer más bella, apetecible, a la cual exhibir. Suscitar envidia. Eso era todo. La vanidad es el salvavidas de los que adolecen del complejo de inferioridad. Yo era uno de ellos. Un idiota. Y un cobarde. ¿Cómo podía amar a otra persona si no me amaba a mí mismo?

Me había entregado a una existencia fútil. La gordura me dio confianza y estima. Sí, pero eran de oropel. Tan ilusorias y fugaces como la sensación de poder que provoca la cocaína. Como Darth Vader puse La Fuerza al servicio de El Lado Oscuro. Fui un lacayo del Imperio.

Era un buen momento para emprender el camino de vuelta al hogar. Sin embargo, allá, me aguardaba la tragedia en vez de la felicidad. La traición y no la fidelidad. El duelo, la muerte.


XIV

Yamamoto-san acabó sus cuatro litros de sopa de cebollas y pasó a la ensalada. Hacía un buen rato que yo estaba atacando nuestro plato principal: un caballo entero, a la parrilla. Trataba en todo momento de mantener la concentración. No quería dejarme dominar por la ira, ni abandonarme al fragor de la batalla. No era para menos. Enfrentaba a Mi Padre. Él comía lentamente, apacible. Paladeaba cada bocado porque sabía que ésta era su última contienda. Casi un sacrificio por honor. Ya lo había dicho. «En toda historia donde haya un maestro y un discípulo, el parricidio es la única forma de resolver el conflicto definitivo». El pupilo debía superar a su maestro. Estaba escrito. No había otra salida.

Pero la vida no es como esas películas de artes marciales donde uno sabe de antemano que el héroe vencerá al final. Al cabo de cinco horas, comencé a sentir náuseas, mientras que él parecía estar todavía en plena capacidad abdominal. Mi corazón, débil aún por el reciente ataque, trabajaba con dificultad. Mis latidos eran irregulares, arrítmicos. Sudaba como un condenado camino del patíbulo.

Experimenté calambres en la panza y un dolor fuerte, como un rayo, atravesó mi pecho. Me faltó el aliento y caí al suelo. Hice acopio de todas mis fuerzas para sacar la caja de píldoras. Puse una debajo de mi lengua y, antes de perder el conocimiento, vi que Yamamoto caía también.

Yo había arribado a Caracas dos días antes, en un vuelo nocturno desde Miami. Debido a mi corpulencia, tuve que pagar un boleto doble, por sobrecarga. En el aeropuerto, tomé un taxi con la inquebrantable determinación de recuperar a Virginia. Llegué a la casa sin previo aviso, para darle una sorpresa. Como aún conservaba mis llaves, pude entrar sigilosamente. Fui directo a nuestra habitación. Extendí la mano y encendí la luz. Y en ese instante supe cuál había sido la razón del sufrimiento de mi mujer y de su apatía erótica, de sus depresiones y de sus bruscos cambios de humor, de su decisión de romper con lo nuestro y de su delgadez.

Allí, en la cama, mi amada esposa dormía plácidamente, acompañada del hombre que había sido su amante secreto desde hacía casi un año. El mismo que, cuarenta y ocho horas después, tendido en el suelo frente a mí luego del duelo en el que lavó su honor de samurai y enmendó aquella ofensa, pondría los ojos en blanco y fallecería silenciosamente, sin oportunidad de decir su última gran frase, tal y como suele ser la muerte de los hombres verdaderos.

Virginia yacía, desnuda, al lado de Mi Bienhechor, Yamamoto-san.

©Carlos Caridad Montero, 1998. Reservados todos los Derechos

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